Promesas de amor

Ya no te extraño nada. A veces me sorprendo pensando que ya no pienso en ti, que pasan las semanas sin recordarte, que tu largo y dorado cabello ya no me mantiene atado a ti.

Recuerdo cuando me decías que aquel amor se pasaría y yo te juraba que no y hasta me enfadaba contigo.

Recuerdo mis promesas de amor eterno que murieron al morir el ańo dejando entre los dos un abismo imposible de cruzar con ningún puente.

Demasiadas heridas, tantos cadáveres mal enterrados. Nuestro amor se convirtió en un zombi deambulante del que ambos huímos asustados, sin mirar atras.

Hoy, que hace mas de tres años que no te escribo, hoy que te odio con toda mi alma, porque si no te odiara no me podría tener en pie, te mando un beso y levanto mi copa por aquellos meses en los que mi vida junto a ti, en torno a ti, por ti y para ti, era la más extraordinaria y peligrosa de las aventuras.


Sevilla, Noviembre de 2014

Manjerico de San Antonio

En Lisboa, en la noche de San Antonio es costumbre entre los enamorados regalar a su amada un manjerico, que es una pequeña maceta donde crece una variedad de albahaca originaria de la India, de hojas pequeñas y redondeadas que forman una bóveda verde sobre el potecillo que las contiene. Entre las hojas del manjerico se clava una banderita de papel donde se suele escribir un breve poema de amor. 

Hoy es San Antonio y aunque no estemos aún en Lisboa, ahí tienes mi manjerico, como prueba del amor que va creciendo cada día dentro de mí desde que te conocí.



Llegaste a final de Abril, 
inesperada como una flor tardía.
Llenaste de perfume mis días 
y de pasión todas mis noches.

Cuando ya desesperaba 
de encontrarte
has invadido mi vida, 
mi casa y mis sueños.

Conquistadora de corazones,
me has puesto del revés
y ya no quiero que nada sea
como antes de encontrarme contigo.

Desde que llegaste, Mónica,
tu nombre esta grabado
en todo lo que hago,
en todo lo que pienso, 
en todo lo que escribo.

Reina de mi corazón
cúrcuma, sal y canela,
suave brisa del sur,
pasión sin pausa ni fecha.

Madre de una diosa antigua,
hija del fuego y del mar,
no encuentro palabras ni versos
para gritar al mundo
todo lo que te quiero.


Sevilla, Junio de 2017

Más que nada

En mi viejo tocadiscos suena esta tarde 
"Mais que nada" de Sergio Mendes 
y la música me envuelve 
recuerdo estas maravillosas 
primeras semanas 
a tu lado.



Dormir
y soñar contigo.
Despertar
y que mi primer pensamiento,
ahora,
sea siempre para ti.
Desayunar y mojar
las ganas que tengo de ti
en mi café negro.
Conducir y en cada semáforo
parar un segundo a imaginarte
riendo a mi lado.
Trabajar e inventar
que escribo tu nombre
en cada carta que envío.

Más que nada
deben ser
las ganas que tengo de verte.

Fines de semana llenos de ti,
de tu olor y de tu sonrisa,
de tu voz y de tu sexo.
Fines de semana
que no estás
y toda la casa
parece entonces tan grande sin ti.

Más que nada
deben ser
las ganas que tengo de verte.

Tardes de café y risas,
de copas lentas y conversaciones largas,
de pequeños y grandes secretos.
Hablamos tanto y de tantas cosas.
Historia de España,
las elecciones británicas,
la revolución pendiente,
la ONG donde colaboras
y lo que me gustas.
Tus ideas, las mías,
tan lejos a veces
y tan cerca otras.
De nuevo lo que me gustas
y luego,
nos preguntamos
de dónde venimos
y a dónde vamos.
Si existió Jesús
o si lo que importa
de verdad es su mensaje.

Más que nada
deben ser
las ganas que tengo de verte.

Pequeños halagos,
un "te echo de menos"
y la sorpresa imposible
de tu inesperada llamada
cuando estoy a punto de ir a dormir.
Noches al teléfono
donde solo es interminable
el tiempo que pasa
desde que se corta tu voz
hasta que de pronto
me llamas de nuevo.

Más que nada
deben ser
las ganas que tengo de verte.

No eres una chica revolucionaria,
y nunca quemarás Versalles,
pero a mi me has revolucionado por dentro.
Nunca enarbolarás la bandera roja
ni te indignarás en la Plaza Mayor,
Pero has conquistado,
sin esfuerzo,
todo mi terreno.

Más que nada
deben ser
las ganas que tengo siempre de verte.


Sevilla, Junio de 2017

Cuarenta y cinco minutos

Acabas de terminar de planchar y vas a preparar la cena a tus hijos. Son las diez y cuarto y hemos quedado en charlar un rato por teléfono a las once. Te he prometido, un poco presuntuoso, que te enviaría poemas, y ahora tengo menos de cuarenta y cinco minutos para contarte por qué estoy cada día más atrapado por ti. 

No sé por qué alguna vez dije que escribir poesía era más fácil. Estoy delante de esta página en blanco y solo tengo ante mí las fotografías que me enviaste anteayer y el recuerdo de nuestra cita de esta tarde para tomar café y charlar un rato.

Podría hablar de tu sonrisa, que me desarma cada vez que aparece iluminando tu rostro o de tu camaleónica capacidad para convertirte en una gata salvaje, al menos por unas horas, y no solo en aquella fiesta de disfraces a la que no asistí porque aún no te conocía. 

Podría contarle al mundo lo divertida que eres, y cómo tu mirada penetra muy dentro de mí haciéndome sentir desnudo e inerme y a la vez poderoso y a salvo de todo lo malo. 

Podría hablar durante largo rato de tu rostro en blanco y negro, sin maquillar, en una playa cualquiera del sur. De tu mirada limpia, de la seguridad que emana de cada poro de tu piel, de la serenidad que transmite tu mirada ligeramente alegre y de tus pómulos, levemente marcados y a punto, tal vez, de comenzar a reír en una carcajada llena de vida y alegría. 

De tu imagen de pie en la calle, junto a un coche de lujo, no puedo dejar de admirar tu gesto y tu talle perfectos. Tan alta, tan delgada y tan garbosa. Si para alguien se creó esa palabra, no tengo duda que fue para ti. Me encanta como ríes apoyada en el Ferrari, que todos saben que no es tuyo, y tú juegas a bromear con que ni tu misma te lo crees. No importa, no hay Ferrari mejor diseñado que tus pechos y tu vientre. Y yo, que he tenido la fortuna de poder verlos, me rio cada noche de los ingenieros de la factoría de Maranello. 

Y qué decir de esa fotografía montada en la bici, cerca del rio, si fue esa imagen la que me hizo caer en tus redes de las que no quiero ser rescatado. Prefiero morir asfixiado entre tus brazos que libre de tus cadenas entre las aguas de los mares del sur. Podría vivir sin ti, pero lejos de tu vientre me marchitaría un poco cada día. 

De la última imagen me fascina tu perfil señorial, patricio de nobleza antigua. De una belleza clásica, de señora de los pies a la cabeza. Tu mirada perdida en el vacío, pensativa y tu gesto atrapado sin que fueras consciente de ello revelan más de ti de lo que nunca quisiste mostrar. Tu semblante serio, la mejilla apoyada en la mano, donde luce ese pequeño y elegante anillo de jade que tengo tan asociado a ti, me habla de tu sencillez y tu discreción Dr. Me gustan tus hombros, anchos y fuertes casi como los de un hombre, que resaltan la estrechez de tu cintura. Quien no ha visto tu espalda desnuda, no sabe aun lo que es la belleza. 

Corre el reloj y me señala que quedan apenas diez minutos. Finalmente no ha sido poesía, pero cada palabra que he escrito está invadida por tu cercana presencia, impregnada de tu perfume y acompañada por esa música de los ochenta que tanto nos gusta a los dos. 

Y aunque descubro demasiado tarde que es imposible contar en cuarenta y cinco minutos todos los motivos, todas las razones por las que cada día me siento más atrapado por ti, no pienses, amor, que no lo he intentado.


Sevilla, Junio de 2017

Quizás es solo deseo


Para M.
A la que probablemente 
quiera.


 -¿Y hasta cuando cree usted que podemos seguir en 
este ir y venir del carajo?-le preguntó el capitán.
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada 
desde hacía cincuenta y tres años, 
siete meses y once días con sus noches.
-Toda la vida -dijo.

Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera



Déjame decirte que te quiero
aunque no sea verdad.
Si te quisiera,
seria capaz de morir por tí,
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es que solo te deseo.

Déjame decirte que te quiero,
aunque todavía no sea verdad.
Si te quisiera,
lo dejaría todo por tí,
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es que solo te deseo.

Déjame decirte que te quiero
aunque hoy no sea verdad.
Si te quisiera,
mataría un dragón para tí,
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es que solo te deseo.

Déjame decirte que te quiero
aunque después no sea verdad.
Si te quisiera,
te escribiría los versos más profundos,
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es que solo te deseo.

Déjame decirte que te quiero
aunque luego no sea verdad.
Si te quisiera,
pintaría líneas en tu espalda con mis dedos
pero aún no puedo.
Quizás mañana sí
o quizás,
es que solo te deseo.

Déjame decirte que te quiero
aunque no sea del todo cierto.
Quizás, amor, quizás,
es que solo te deseo.

Sevilla, Junio de 2017

(Breve) manual de montañero


Para M.
Con  quien descubrí  que todas las 
aventuras pueden suceder en 
una sola noche de Junio.



-Piensas demasiado -dijo Montag, incómodo-.
-Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de
atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlo a mis
absurdos pensamientos.

Ray Bradbury
Farenheit 451


Las únicas montañas que quiero escalar
se encuentran bajo tu blusa de seda hindú,

Los únicos lugares que quiero explorar
se ocultan bajo tus vaqueros desteñidos.

Podría vivir sin nada más
entre tu vientre y tu ombligo,

Podría morir sin echar la vista atras
un instante después de entrar en ti.


Sevilla, Mayo de 2017

Mónica, cúrcuma y canela


Para Mónica.
Cocinera de hechizos 
e historias de amor


Conocí a Mónica una tarde de finales de abril, en las cocinas de un recién abierto restaurante hindú, que se había convertido en muy poco tiempo en lugar de peregrinación de la progresía sevillana, siempre ávida de cualquier novedad en el rancio ambiente culinario de nuestra ciudad.

Mónica era alta, delgada, de amplia sonrisa, nariz recta casi grande y ojos bonitos siempre ocultos tras unas misteriosas gafas de sol cómo las que llevaban las grandes actrices italianas de finales de los años cincuenta. 

La madre de Mónica, Doña Juana, se había enamorado perdidamente de Ernesto, un oficial marino mercante que había conocido durante el crucero que sus padres le habían regalado por su mayoría de edad. La joven sevillana, de una conocida y adinerada familia de la alta sociedad local había caído irremediablemente enamorada de aquel apuesto y recio marino, vividor y aventurero, que le contaba sus viajes por el Lejano Oriente mientras le señalaba, en el cielo del atardecer, las estrellas con que se guían los navegantes para no perderse en la inmensidad de la noche oceánica.

Don Ernesto, para quien Juana fue al principio una conquista más con la que puso en juego todas sus habilidades seductoras, terminó, mucho antes de que el crucero llegara de vuelta al puerto de Sevilla, locamente enamorado de la bella joven y dispuesto a hacerla su mujer sin importar el precio que tuviera que pagar por ello.

La historia de amor entre la rica heredera y el curtido marino cayó como una bomba en la familia de Doña Juana y en toda la alta sociedad sevillana, que se escandalizó tanto como correspondía a la mas pacata y tradicional burguesía de la, posiblemente, más pacata y tradicional de las capitales españolas.

De nada sirvieron amenazas, gritos, discusiones, separaciones temporales ni la efectiva pérdida de la herencia. Juana y Ernesto se casaron una mañana de primavera en una pequeña capilla de la ciudad con apenas una decena de amigos como testigos de su historia de amor.

De los seis hijos que tuvo la pareja, Mónica fue la mayor de las chicas y desde que nació, Don Ernesto solo tuvo ojos para ella. Quería a todos sus hijos, sin duda, pero Mónica fue siempre su pequeña y traviesa princesa.

De sus largos viajes por Oriente, que lo ausentaban casi medio año de su pequeño y atestado hogar en uno de los nuevos barrios de la ciudad, Don Ernesto siempre volvía cargado de regalos. Juguetes de madera lacada de la lejana China, pañuelos de seda de Mysore, al sur de la India, perlas robadas al mar por los buceadores a pulmón de Borneo, cortaplumas decorados con marfil de los elefantes de las selvas de Indonesia y siempre, porque Don Ernesto era un enamorado de la cocina de las tierras que baña el Índico, las más exóticas especias que se podían encontrar en los mercados de Goa y Macao.

Así, Mónica creció entre recipientes y especieros donde se guardaba la cayena con su característico sabor picante, los amargos cominos, el clavo aromático y el cilantro que aporta ese característico toque agridulce a las recetas. No faltaban el azafrán ni la albahaca, que combinan tan bien con las pastas y los arroces, ni por supuesto, la canela y el cardamomo, utilizados en la gastronomía india en postres y dulces.

Junto a estas especias más conocidas en Occidente, se encontraban misteriosos envases que contenían otras menos comunes y que Mónica conoció desde su más tierna infancia. La alholva, una semilla de color rojo, muy crujiente y con un ligero toque amargo, principal ingrediente en la mayoría de currys y utilizada también en pan y galletas. La cúrcuma, conocida como “la sal de oriente” por potenciar el sabor de todo tipo de platos. La asafétida o hing, de sabor muy picante y olor atrufado, perfecta para carnes y arroces y el jengibre, la raíz de formas casi humanas que se usa tanto fresca como seca y que aporta un sabor refrescante y un poco picante a carnes, salsas, currys y legumbres.

Durante sus cortas estancias en Sevilla, Don Ernesto solía encerrarse con Mónica en la cocina y como si de un alquimista y su aprendiza se tratasen, iba mostrando a su amada hija todas las mágicas combinaciones de especias que podían convertir la más simple pieza de un ave de corral en un exquisito plato lleno de sabores, aromas y matices. 

Mónica era una alumna aplicada, inteligente e innovadora y muy pronto su desenvoltura y dominio de las artes culinarias superó las habilidades de Don Ernesto y en las ausencias de este, se convirtió en la encargada de la cocina del hogar familiar.

La novel cocinera combinaba el cardamomo, el ajo, la pimienta y la canela para conseguir un extraordinario Garam Masala que podía transportar al cielo a quien lo probase. 

Su secreta mezcla de cominos, cilantro, ajo y alhova producía un maravilloso Tandoori Masala que era la delicia de todos los invitados a la casa familiar. 

Sus currys eran especialmente apreciados. El cordero marinado en un Vindaloo con base de jengibre, cardamomo, canela, pimienta y otras especias que formaban parte de sus ingredientes secretos llegó a traspasar las fronteras de la región y hubo algún gourmet de la capital madrileña que movió cielo y tierra para ser invitado a la mesa de Doña Juana. 

Los picantes aromas de los Madrás de pollo y verduras donde convivían en perfecta armonía el pimentón, la cayena, la cúrcuma, el tomate, el jengibre y el hing producían exclamaciones de admiración en todo el que pasaba cerca de las ventanas de aquel hogar donde cada almuerzo era un auténtica fiesta oriental.

No es de extrañar que muy pronto Mónica tuviera a sus puertas a los dueños de los mejores restaurantes del país, dispuestos a ofrecerle lo que ella pidiera con tal de que dirigiera sus cocinas. Mónica, que no era ambiciosa y tampoco deseaba alejarse en exceso de su ciudad natal, finalmente decidió abrir su propio local que pronto se convirtió en uno de los lugares de moda de la capital sevillana.

Aquella tarde de abril, después de disfrutar de una maravillosa e indescriptible comida a base de las más diversas especialidades del norte y sur de la India quise conocer a la cocinera y dueña del "Masala" para rendirle mi más enorme admiración.

No se si fue la suerte o el destino, pero aquel día el restaurante no estaba demasiado lleno y cuando Mónica salió a saludarme pudimos hablar durante un largo rato. De las alabanzas a su cocina pasamos casi sin saber cómo a charlar de nuestra mútua pasión por el Lejano Oriente y muy pronto ella sabía casi todo de mis viajes por las Indias Orientales, siempre acompañado de mi desvencijado arcón cubano

Tanto nos quedó por contarnos que nos citamos para continuar nuestra charla el jueves siguiente alrededor de un excelente Chateau Indage de la región de Himachal, al norte de la India. A aquella primera cita siguieron una y otra y otra y hoy, cada noche al llegar a casa, disfruto en compañía de Mónica de sus mejores currys y masalas, aunque debo confesar, que a pesar del amor que nos profesamos, mi amada cocinera siempre se ha negado a contarme el secreto de sus recetas.


Sevilla, Abril de 2017